sábado, 25 de julio de 2026

René Favaloro, el héroe humanitario

 




Así lo definió The New York Times en 1992, y es para mí, el mejor concepto.
“Yo, por desgracia o por suerte, no sé, vivo tremendamente enamorado de mi profesión.  No puedo vivir sin ver lo que pasa a mi alrededor”

“Sueño con un mundo nuevo, donde se le de valor al espíritu”

Nació en 1923, en la ciudad de La Plata, en el modesto barrio llamado El Mondongo. Hijo de un carpintero y una modista. Trabajó durante su infancia y adolescencia en el taller de su padre.
“Lo que más me enseñaron es que sin trabajo y sin esfuerzo no se conseguía nada. Porque yo lo veía a mi padre trabajar 12, 14 horas diarias, sin sábados ni domingos”.

Algunas frustraciones estaban asociadas a la estrechez económica de la que siempre fue parte, no había bicicletas ni juguetes caros. Su hermano Juan José le fabricaba barriletes y con eso pasaba largas horas en el descampado de enfrente.

Sus primeras influencias en la medicina vinieron por su tío Arturo, médico de familia con el cuál pasaba sus vacaciones enteras, acompañándolo en el consultorio de Bahía Blanca o en las visitas domiciliarias. A los 5 años ya manifestaba que quería ser médico.

Otra de sus pasiones vino por la tierra, por la agricultura, gracias a su abuela Cesarea. “Ella me enseñó a ver la belleza hasta en una pobre rama seca, era pura poesía”.

Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde le enseñaron valores y principios que sostuvo hasta el fin de sus días. “Aprendimos que la libertad era importante, que había que defender los derechos del hombre, y ser solidario. Yo soy un convencido, de que cuanto más pobre es la gente, más solidaria es.”



Luego estudió en la Universidad Nacional de La Plata. “A nosotros se nos enseñó que además de nuestra tarea específica, debíamos analizar la sociedad de nuestro tiempo, comprenderla, y por nuestra propia condición de universitarios, tratar de mejorarla, si ello fuera posible”.

En el tercer año de facultad, sintió ese llamado especial que vino desde el quirófano. Se escapaba de las clases para observar las operaciones del profesor Mainetti, o del profesor Christmann, admirando la precisión, la minuciosidad, la delicadeza y el arte del acto quirúrgico.
“Además nos enseñaban a respetar al enfermo, no importaba si el hospital era público o privado, merecía todo nuestro respeto y cuidado”.

Logró formar parte del internado, el sueño de todo aspirante. Vivió en el segundo piso del Hospital Policlínico, y así, al trabajo regular de las mañanas, se le sumaron las guardias interminables de horas y horas de acompañar a practicantes mayores y médicos internos.
Por testimonio de colegas, aspiraba a aprender y practicar, tenía una competencia sana y una absoluta dedicación al conocimiento.

En 1945, un grupo de estudiantes tomó el edificio de la facultad, en el marco de los reclamos contra las intervenciones del gobierno de facto. Favaloro participaba del movimiento estudiantil reformista, y así forjó su pensamiento crítico, su oposición al acomodo político y su profundo compromiso social y humanista. Finalmente, terminaría recibiéndose en 1949.


 

Llega una carta

“En aquella época se produjo una vacante en el hospital, para ser médico de guardia, y el director me dijo que yo tenía que ocuparlo. Me dijo que había que firmar un papel para decir que estaba de acuerdo con la doctrina nacional, el partido peronista. Yo le dije que me diera 24 horas, pero volví al otro día y le dije: mire doctor, usted sabe bien que yo no estoy afiliado a ningún partido político, ni a favor ni en contra, pero siempre he creído en ciertos principios fundamentales, y si yo merezco el puesto porque me he esforzado, porque he atendido a la gente bien, porque trabajo mañana tarde y noche, y tengo las mejores notas en la facultad, me parece que no hace falta estar de acuerdo con ninguna doctrina. Y no acepté.”

En ese momento llegó otra carta, esta vez de su tio Arturo, residente de Jacinto Arauz, un pueblo del departamento de Hucal, en La Pampa, a 130km de Bahía Blanca. Allí vivían no más de 2000 personas. 10 cuadras desparramadas. La luz eléctrica era limitada, las calles no vestían asfalto, hablar de teléfonos era cosa mayor.
Su tío le contó que el doctor Dardo Rachou Vega, el único médico del pueblo, tenía cáncer de pulmón y debía internarse en Buenos Aires. Le propuso un reemplazo temporario de menos de tres meses. La experiencia y la extensión del compromiso lo convencieron. Llegó a Jacinto Arauz en mayo de 1950. Pero no se fue a los tres meses, sino doce años después.
La vida de los pobladores era muy dura. Los caminos eran intransitables en días de lluvia; el calor, el viento y la arenisca eran insoportables en verano y el frío de las noches de invierno no perdonaban ni al cuerpo más resistente.
Comenzó a interesarse por cada uno de sus pacientes, en los que procuraba ver su alma. De esa forma, pudo llegar a conocer la causa profunda de sus padecimientos.

María Antonia Delgado, su esposa durante cinco décadas, lo acompañó en su travesía pampeana. Se instalaron en una vieja casona y en ella empezaron a organizar “eso que llamamos clínica, y que en verdad era sólo un centro asistencial adecuado a las necesidades de la zona” escribió el médico en sus memorias.


Tenía el proyecto sencillo de vivir ahí con Antonia y construir su familia. Y a la vez, siempre vio más allá; se dio cuenta enseguida de que la dinámica de funcionamiento de los médicos rurales que visitaban pacientes casa por casa era equivocada, y rápidamente empieza a pensar en armar una clínica. Pero nadie daba dos mangos por una clínica en ese pueblito, entonces se larga a convencer a evangelistas, a la Iglesia, las comadronas y los chacareros de la zona de que iban a ser mejor tratados en un lugar mejor equipado.
Su hermano Juan se sumó al desafío. Fundaron juntos un centro asistencial y elevaron el nivel social y educacional de la región. Trabajaban incansablemente para comprar un equipo de rayos X. Convocaron a maestros, empleados, madres, padres y representantes para promover un cambio de paradigma en conciencia sanitaria: enseñaron pautas de salud y prevención.
La salita de primeros auxilios se transformó en la cliniquita, como decía él. Con muebles fabricados por su padre, camillas e instrumentos de obstetricia hechos por su tío que ejercía la herrería, y así logró crear una clínica con 23 camas, una sala de cirugía y un banco de sangre viviente con donantes a disposición. El resultado: una reducción notable de la mortalidad infantil, la desnutrición y las infecciones en los partos.


“Sin compromiso social, mejor no vivir”

“Esos chicos que vivían en los ranchos y sufrían principalmente del calor del verano, las neumonías, las diarreas, etc; estaban muy mal alimentados, así que me tomé el trabajo de ir casita por casita y enseñarles que lo mejor era, primero, amamantarlos, pero si no había leche, había que prepararla así: dos medidas de leche por una de agua, bien hervida con el cocimiento de ese dial; si el chico levantaba temperatura la gente lo arropaba, y yo les decía que hay que dejarlo desnudito para que sude bien…”

“Un día el intendente se acercó y dijo “Qué pasó? ¡No se mueren más chicos!” y le dije que todo lo que había que hacer, era mezclarse con la comunidad”.


René recorría todas las semanas 600km para debatir casos en el Ateneo de Cirugía Torácica de La Plata.

Empezaban a aparecer las primeras intervenciones cardiovasculares, y sus lecturas inquietaban su espíritu: cada vez que realizaba una operación compleja, si bien lo llenaba de satisfacción, pensaba “este no es tu lugar, estás capacitado para más”. Estaba profundamente agradecido por haber vivido en Jacinto Arauz.
Dice René que fueron los mejores 12 años de su vida. Y con mucho dolor, pero esperanzado, dejó aquellos pagos por los de Cleveland.




A fines de 1961, el profesor Mainetti (el único al que René llamaba “maestro”), viajó a los Estados Unidos a intercambiar conocimientos. Habló con Favaloro y le pidió que se interiorizara en todo lo concerniente a la cirugía torácica y cardiovascular, el lugar indicado era la Cleveland Clinic. Una institución que estaba 10 años por delante de cualquier otro centro cardiológico en el mundo.

Entró por primera vez a la Cleveland Clinic por la puerta principal en la calle 9. Y allí lo recibieron con afecto, ya que venía de parte de Mainetti. El jefe de cirugía cardiotorácica accedió a recibirlo, pero antes preguntó si había aprobado el examen exigido a los médicos extranjeros, ante la negativa, le propuso que acudiera sólo como observador y le aclaró que no gozaría de sueldo.

“Al principio me tocó hacer trabajos inverosímiles como poner pacientes en la camilla, poner sondas, me dejaban cerrar pies y tejido celular… pequeñeces que yo hacía sin queja. Trabajaba intensamente, iba a las 7 de la mañana, me retiraba a la tarde y ponía todo mi esfuerzo posible”.

El gran cirujano se había convertido en un enfermero más, era el último orejón del tarro.

“A veces todo lo que yo hacía, me hizo atreverme a sugerir algunos diagnósticos que sorprendían”.

A las pocas semanas ya estaba asistiendo a los cirujanos por su inteligencia y dedicación. Poco a poco se fue integrando en la clínica y dejó de ser un extraño.
Lo que no descuidaba era su preparación para el examen. Los reemplazos valvulares se convirtieron en operaciones frecuentes y fueron aprendiendo todos sus secretos.

Rindió el examen y aprobó. Ascendió, y lo que implicaba más responsabilidades también abría caminos.

 

By pass, quiere decir “puente”

“Yo creo que ni me di cuenta cuando hicimos el primero, por allá a mediados del 67’. Empezamos a utilizar la vena safena, primero como interposición y muy rápidamente al by pass aortocoronario”.

El jefe estaba desesperado por hacer el seguimiento de esos pacientes en esos 6 o 7 días, para ver el resultado del método. Y lo que vio lo dejó boquiabierto: una arteria coronaria totalmente reconstruida. Se le caían las lágrimas.

“Entre operación y operación sólo pasaban 25 minutos, más de 10 intervenciones por día. No alcanzaba la sala de cirugía así que los mandábamos al Boston Square Hotel a esperar mientras íbamos arreglando a otros pacientes”.

“Y así empezamos a utilizar los dobles puentes aortocoronarios. Este fue realmente el año del desarrollo. Operamos a 171 pacientes. Prácticamente hicimos todo. Pero nunca diré pública ni privadamente que yo fui el primero en tal cosa”.

En esos días, el jefe de cirugía Efflar, llamó a una reunión y dijo: “Tenemos serios problemas: No sabemos si esta debe seguir siendo la Cleveland Clinic o cambiar el nombre por Favaloro Clinic”. Entre abrazos y felicitaciones, se posicionaba al argentino ente las figuras más destacadas a nivel mundial de la cirugía cardiotorácica.





Las cartas del adiós

“En el Congreso de Londres de 1970 tomé la decisión final, entonces mandé mi carta de renuncia, y en ella dije: Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires. Las circunstancias indican que soy el único con la posibilidad de hacerlo. Si no lo hiciera, viviría el resto de mi vida pensando que soy un “son of the bitch” dicho en argentino, un verdadero hijo de puta”.

Deposité la carta en el escritorio de Efflar. Por varios días no me habló. Y luego me respondió:

“Querido René, su carta no me ha sorprendido. Yo creo que ha tomado la decisión correcta, y desde aquí lo apoyaré en todo lo que sea posible. La pérdida será terrible para la Cleveland Clinic y lamentada para la mayoría de nosotros. Ya que no tengo ilusiones de tener otro Favaloro, al menos podré en los últimos diez años de mi carrera estimular a jóvenes a que traten de alcanzarlo. Dr Donald Efflar.”

……

De regreso de Cleveland, Favaloro realizaba sus prácticas en el Sanatorio Güemes. Su hermano Juan José trabajaba con él, como cuando estaban en Jacinto Arauz.

“Cuando llegué, junto con mi hermano realizamos una intensa tarea asistencial, operamos a más de 1600 pacientes sin recursos. A mediados de los ’70, empezamos a elaborar la idea de la Fundación. Lo primero que hicimos fue el Departamento de Investigación Básica, en el ’78.”

Favaloro financió y cubrió todo gasto del Departamento con dinero propio, durante un largo período.

Con la llegada de la democracia, se integra en la Comisión Nacional de Desaparición de Personas.

“Quiero decirles que los miembros del equipo estamos totalmente ad honorem, y yo lo he hecho fundamentalmente pensando en todos aquellos miembros de la sociedad, las madres, las abuelas, etc, que tienen familiares desaparecidos por ahí y que no se le ha dado solución”.

“Sin libertad, sin respeto por el hombre y sin tener concepto claro de lo que significa la vida y los derechos del hombre, la sociedad no puede progresar”.

Todos sus esfuerzos se encaminaron a la concreción de la Fundación.

Refiriéndose a la crisis económica del momento (hiperinflación):

“Díganle a la gente que, sin esfuerzo, sin trabajo, sin romperse el alma todos los días, este país no sale. Pero todos, no sólo los obreros de allá abajo, los ricos de arriba también, estos que están haciendo todo este bochinche (por no decir otra palabra). Y como no entiendo esto, a pesar de todo lo que he leído, no entiendo esto de que sube, de que baja. Tendríamos que sufrir todos por igual en todo caso. Los señores que tienen aviones privados, los que tienen casas en Punta del Este, ¿pagaron los impuestos? ¿Pagaron el valor real de las escrituras?

“Yo no vine acá a hacer demagogia, pero hace seis años que yo no compro un dólar, porque todos van a la Fundación. Y hoy me pongo de inmodesto y le digo a la gente, que yo hace seis años que no sé de tasas, a mí no me hablen de valores, porque yo vivo desesperado por esa Fundación, ¡para que se termine!
Yo dejé 40 o 50 millones de Estados Unidos, entonces tengo derecho de hablar hoy acá. Hace años que vivo desgastado, este saco que tengo puesto está comprado en una liquidación por 35 dólares, y los zapatos que tengo puestos tienen media zuela, PARA QUE LA GENTE ENTIENDA QUE HAY QUE VIVIR ASÍ, Y NO GASTAR. ENTREMOS A COMER POLENTA Y ENTENDER, VIVIR EN SUFRIMIENTO, PERO NO SOLO EL DE LOS DE ABAJO, SINO EL DE LA SOCIEDAD TOTAL. Y EN ESTA CRISIS MORAL, DONDE ESTÁ TODO PODRIDO POR LA CORRUPCIÓN, ES MUY FÁCIL ECHARLE LA CULPA AL PRESIDENTE DE TURNO, PERO LA ÚNICA SOLUCIÓN ES LA UNIDAD NACIONAL.”

“UN DOMINGO A LA MAÑANA ME LEVANTÉ  Y ESCRIBÍ ESTAS MÁXIMAS PARA EL INSTITUTO, Y LES ASEGURO QUE SERVIRÁ TAMBIÉN PARA EL PAÍS:

1  HONESTIDAD

2  TRABAJAR CON PASIÓN, ESFUERZO Y SACRIFICIO SIN LÍMITE.

3  EVITAR SER INFLUENCIADO POR CONCEPTOS DOGMÁTICOS O PREJUICIOS PROPIOS O AJENOS.

4  LAS PROPIAS CONTRIBUCIONES TENDRÁN VALOR SI SÓLO SON EL PRODUCTO DE SU LIBRE ALBEDRÍO

5  NO APARTARSE NUNCA DE LA ÉTICA Y COMPRENDER QUE LA MISMA ESTÁ CONDICIONADA POR LA MORAL

6  COMPRENDER CON HUMILDAD LA IMPORTANCIA DE TRABAJAR EN EQUIPO

7  SACRIFICAR LO INDIVIDUAL EN BENEFICIO DE LO COLECTIVO

8  SACRIFICAR TODO EN ARAS DE LA VERDAD

9  DECIR SIEMPRE EN VOZ ALTA LO QUE SE PIENSA POR DENTRO

10 SOLAMENTE LLEGARÁ A GOZAR DE LO REALIZADO CUANDO SU ALMA SIENTA, EN LOS SILENCIOS NECESARIOS PARA LA REFLEXIÓN, QUE EL ÚNICO PREMIO VERDADERO ES EL QUE PROVIENE DEL PLACER ESPIRITUAL, LIMPIO Y SERENO DEL DEBER CUMPLIDO.

BASTA DE TANTO MATERIALISMO. ESTO QUE ESCRIBÍ PARA LA FUNDACIÓN CREO QUE ES ALTAMENTE APLICABLE AL PAÍS.”






La crisis

Para el año 2000, el país estaba sumido en una fuerte crisis económica. La  Fundación estaba gravemente endeudada. Favaloro pidió ayuda en repetidas ocasiones al gobierno, sin recibir una respuesta oficial.

Las obras sociales no pagaban, algunas lo hacían con bastante atraso, sobre todo el PAMI, y las prácticas se seguían ejerciendo a todos por igual. Las propuestas recibidas eran negocios y movidas ilegales, con las cuales René no estaba dispuesto a negociar.

 

La Despedida

En 1994, Favaloro enfermó gravemente de Hepatitis B. Y en esos momentos decía que pensaba en los atardeceres que ya no podría ver, en los jacarandás ni las calandrias.
“Cuando uno está cercano a la muerte, es imposible poner toda la riqueza dentro del cajón. Nos llevaremos sólo las pequeñas cosas.”

 

Carta a Juan José Escribano (Secretario del Diario La Nación)

“Estoy pasando uno de los momentos más difíciles de mi vida. La Fundación tiene graves problemas económicos y financieros. Se nos adeuda 18 millones de dólares y se hace cada vez más difícil sostener nuestro trabajo diario. La mayoría de las veces, un empleado de muy baja categoría de una obra social ni contesta mis llamadas.
En este último tiempo me he transformado en mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir trabajando…”

 

Carta al Presidente Fernando de la Rúa

“Estimado Fernando: Te escribo porque mi Fundación está al borde de la quiebra. Tenemos emergencias ineludibles que deben mejorarse en los próximos días. Necesitamos alrededor de 6 millones de pesos. No tengo conexiones con el empresariado argentino, por eso, uno de los pedidos que te hice en nuestra última charla fue que utilizaras tu influencia para conseguir la ayuda que tanto necesitamos… Te escribo desde la desesperación. Nunca en mi vida estuve tan deprimido.”

 

Carta a su familia

“Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata. No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil pero sí meditada. No se hable de debilidad o cobardía.

El cirujano vive con la muerte. Es su compañera inseparable. Con ella me voy de la mano. Estoy tranquilo.
Alguna vez en Estados Unidos se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo que es cierto. Espero que me recuerden así.

No aflojen tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta mi misma edad, que no es poco.”

 

Las cenizas de René Favaloro fueron esparcidas en algún lugar de Jacinto Arauz, sin velatorio ni ceremonias.

 

Se hace terriblemente difícil terminar este artículo, que no tiene finalidad alguna más que dar a conocer a este hombre que llamo un verdadero prócer, fiel testigo de los designios de su patria, eterno luchador contra la mentira, la inmoralidad y la el egoísmo. Ejemplo de palabra, alma y espíritu.

A Favaloro se lo comió la corrupción. La misma que sigue y corroe día a día esta sociedad latente de corazones sanos, que poco a poco se van pudriendo.

Ojalá que a quien le llegue este conocimiento, no lo deje pasar, y levante tal como la bandera argentina, el legado de Favaloro, para todos los aspectos de la vida. Como dice Galeano: mucha gente chiquita, en lugares chiquitos, haciendo cosas chiquitas, puede cambiar el mundo.