Así lo definió The New York Times en 1992, y es para mí, el
mejor concepto.
“Yo, por desgracia o por suerte, no sé, vivo tremendamente enamorado de mi
profesión. No puedo vivir sin ver lo que
pasa a mi alrededor”
“Sueño con un mundo nuevo, donde se le de valor al espíritu”
Nació en 1923, en la ciudad de La Plata, en el modesto
barrio llamado El Mondongo. Hijo de un carpintero y una modista. Trabajó durante
su infancia y adolescencia en el taller de su padre.
“Lo que más me enseñaron es que sin trabajo y sin esfuerzo no se conseguía
nada. Porque yo lo veía a mi padre trabajar 12, 14 horas diarias, sin sábados
ni domingos”.
Algunas frustraciones estaban asociadas a la estrechez
económica de la que siempre fue parte, no había bicicletas ni juguetes caros.
Su hermano Juan José le fabricaba barriletes y con eso pasaba largas horas en
el descampado de enfrente.
Sus primeras influencias en la medicina vinieron por su tío
Arturo, médico de familia con el cuál pasaba sus vacaciones enteras, acompañándolo
en el consultorio de Bahía Blanca o en las visitas domiciliarias. A los 5 años
ya manifestaba que quería ser médico.
Otra de sus pasiones vino por la tierra, por la agricultura, gracias a su
abuela Cesarea. “Ella me enseñó a ver la belleza hasta en una pobre rama
seca, era pura poesía”.
Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde le
enseñaron valores y principios que sostuvo hasta el fin de sus días. “Aprendimos
que la libertad era importante, que había que defender los derechos del hombre,
y ser solidario. Yo soy un convencido, de que cuanto más pobre es la gente, más
solidaria es.”
Luego estudió en la Universidad Nacional de La Plata. “A
nosotros se nos enseñó que además de nuestra tarea específica, debíamos
analizar la sociedad de nuestro tiempo, comprenderla, y por nuestra propia
condición de universitarios, tratar de mejorarla, si ello fuera posible”.
En el tercer año de facultad, sintió ese llamado especial
que vino desde el quirófano. Se escapaba de las clases para observar las operaciones
del profesor Mainetti, o del profesor Christmann, admirando la precisión, la minuciosidad,
la delicadeza y el arte del acto quirúrgico.
“Además nos enseñaban a respetar al enfermo, no importaba si el hospital era
público o privado, merecía todo nuestro respeto y cuidado”.
Logró formar parte del internado, el sueño de todo aspirante.
Vivió en el segundo piso del Hospital Policlínico, y así, al trabajo regular de
las mañanas, se le sumaron las guardias interminables de horas y horas de
acompañar a practicantes mayores y médicos internos.
Por testimonio de colegas, aspiraba a aprender y practicar, tenía una competencia
sana y una absoluta dedicación al conocimiento.
En 1945, un grupo de estudiantes tomó el edificio de la
facultad, en el marco de los reclamos contra las intervenciones del gobierno de
facto. Favaloro participaba del movimiento estudiantil reformista, y así forjó
su pensamiento crítico, su oposición al acomodo político y su profundo
compromiso social y humanista. Finalmente, terminaría recibiéndose en 1949.
Llega una carta
“En aquella época se produjo una vacante en el hospital, para
ser médico de guardia, y el director me dijo que yo tenía que ocuparlo. Me dijo
que había que firmar un papel para decir que estaba de acuerdo con la doctrina
nacional, el partido peronista. Yo le dije que me diera 24 horas, pero volví al
otro día y le dije: mire doctor, usted sabe bien que yo no estoy afiliado a
ningún partido político, ni a favor ni en contra, pero siempre he creído en ciertos
principios fundamentales, y si yo merezco el puesto porque me he esforzado,
porque he atendido a la gente bien, porque trabajo mañana tarde y noche, y
tengo las mejores notas en la facultad, me parece que no hace falta estar de
acuerdo con ninguna doctrina. Y no acepté.”
En ese momento llegó otra carta, esta vez de su tio Arturo,
residente de Jacinto Arauz, un pueblo del departamento de Hucal, en La Pampa, a
130km de Bahía Blanca. Allí vivían no más de 2000 personas. 10 cuadras
desparramadas. La luz eléctrica era limitada, las calles no vestían asfalto, hablar
de teléfonos era cosa mayor.
Su tío le contó que el doctor Dardo Rachou Vega, el único médico del pueblo,
tenía cáncer de pulmón y debía internarse en Buenos Aires. Le propuso un
reemplazo temporario de menos de tres meses. La experiencia y la extensión del
compromiso lo convencieron. Llegó a Jacinto Arauz en mayo de 1950. Pero no se
fue a los tres meses, sino doce años después.
La vida de los pobladores era muy dura. Los caminos eran intransitables en días
de lluvia; el calor, el viento y la arenisca eran insoportables en verano y el
frío de las noches de invierno no perdonaban ni al cuerpo más resistente.
Comenzó a interesarse por cada uno de sus pacientes, en los que procuraba ver
su alma. De esa forma, pudo llegar a conocer la causa profunda de sus padecimientos.
María Antonia Delgado, su esposa durante cinco décadas, lo acompañó en su
travesía pampeana. Se instalaron en una vieja casona y en ella empezaron a
organizar “eso que llamamos clínica, y que en verdad era sólo un centro
asistencial adecuado a las necesidades de la zona” escribió el médico en
sus memorias.
Tenía el proyecto sencillo de vivir ahí con Antonia y construir su familia. Y a
la vez, siempre vio más allá; se dio cuenta enseguida de que la dinámica de
funcionamiento de los médicos rurales que visitaban pacientes casa por casa era
equivocada, y rápidamente empieza a pensar en armar una clínica. Pero nadie
daba dos mangos por una clínica en ese pueblito, entonces se larga a convencer
a evangelistas, a la Iglesia, las comadronas y los chacareros de la zona de que
iban a ser mejor tratados en un lugar mejor equipado.
Su hermano Juan se sumó al desafío. Fundaron juntos un centro asistencial y
elevaron el nivel social y educacional de la región. Trabajaban incansablemente
para comprar un equipo de rayos X. Convocaron a maestros, empleados, madres,
padres y representantes para promover un cambio de paradigma en conciencia sanitaria:
enseñaron pautas de salud y prevención.
La salita de primeros auxilios se transformó en la cliniquita, como decía él.
Con muebles fabricados por su padre, camillas e instrumentos de obstetricia hechos
por su tío que ejercía la herrería, y así logró crear una clínica con 23 camas,
una sala de cirugía y un banco de sangre viviente con donantes a disposición.
El resultado: una reducción notable de la mortalidad infantil, la desnutrición
y las infecciones en los partos.
“Sin compromiso social, mejor no vivir”
“Esos chicos que vivían en los ranchos y sufrían
principalmente del calor del verano, las neumonías, las diarreas, etc; estaban
muy mal alimentados, así que me tomé el trabajo de ir casita por casita y
enseñarles que lo mejor era, primero, amamantarlos, pero si no había leche,
había que prepararla así: dos medidas de leche por una de agua, bien hervida
con el cocimiento de ese dial; si el chico levantaba temperatura la gente lo
arropaba, y yo les decía que hay que dejarlo desnudito para que sude bien…”
“Un día el intendente se acercó y dijo “Qué pasó? ¡No se mueren más chicos!” y le dije que todo lo que había que hacer, era mezclarse con la comunidad”.
René recorría todas las semanas 600km para debatir casos en
el Ateneo de Cirugía Torácica de La Plata.
Empezaban a aparecer las primeras intervenciones cardiovasculares, y sus
lecturas inquietaban su espíritu: cada vez que realizaba una operación compleja,
si bien lo llenaba de satisfacción, pensaba “este no es tu lugar, estás
capacitado para más”. Estaba profundamente agradecido por haber vivido en
Jacinto Arauz.
Dice René que fueron los mejores 12 años de su vida. Y con mucho dolor, pero
esperanzado, dejó aquellos pagos por los de Cleveland.
A fines de 1961, el profesor Mainetti (el único al que René
llamaba “maestro”), viajó a los Estados Unidos a intercambiar conocimientos. Habló
con Favaloro y le pidió que se interiorizara en todo lo concerniente a la cirugía
torácica y cardiovascular, el lugar indicado era la Cleveland Clinic. Una institución
que estaba 10 años por delante de cualquier otro centro cardiológico en el mundo.
Entró por primera vez a la Cleveland Clinic por la puerta
principal en la calle 9. Y allí lo recibieron con afecto, ya que venía de parte
de Mainetti. El jefe de cirugía cardiotorácica accedió a recibirlo, pero antes
preguntó si había aprobado el examen exigido a los médicos extranjeros, ante la
negativa, le propuso que acudiera sólo como observador y le aclaró que no
gozaría de sueldo.
“Al principio me tocó hacer trabajos inverosímiles como
poner pacientes en la camilla, poner sondas, me dejaban cerrar pies y tejido
celular… pequeñeces que yo hacía sin queja. Trabajaba intensamente, iba a las 7
de la mañana, me retiraba a la tarde y ponía todo mi esfuerzo posible”.
El gran cirujano se había convertido en un enfermero más,
era el último orejón del tarro.
“A veces todo lo que yo hacía, me hizo atreverme a
sugerir algunos diagnósticos que sorprendían”.
A las pocas semanas ya estaba asistiendo a los cirujanos por
su inteligencia y dedicación. Poco a poco se fue integrando en la clínica y dejó
de ser un extraño.
Lo que no descuidaba era su preparación para el examen. Los reemplazos
valvulares se convirtieron en operaciones frecuentes y fueron aprendiendo todos
sus secretos.
Rindió el examen y aprobó. Ascendió, y lo que implicaba más
responsabilidades también abría caminos.
By pass, quiere decir “puente”
“Yo creo que ni me di cuenta cuando hicimos el primero,
por allá a mediados del 67’. Empezamos a utilizar la vena safena, primero como
interposición y muy rápidamente al by pass aortocoronario”.
El jefe estaba desesperado por hacer el seguimiento de esos
pacientes en esos 6 o 7 días, para ver el resultado del método. Y lo que vio lo
dejó boquiabierto: una arteria coronaria totalmente reconstruida. Se le caían
las lágrimas.
“Entre operación y operación sólo pasaban 25 minutos, más
de 10 intervenciones por día. No alcanzaba la sala de cirugía así que los mandábamos
al Boston Square Hotel a esperar mientras íbamos arreglando a otros pacientes”.
“Y así empezamos a utilizar los dobles puentes
aortocoronarios. Este fue realmente el año del desarrollo. Operamos a 171
pacientes. Prácticamente hicimos todo. Pero nunca diré pública ni privadamente
que yo fui el primero en tal cosa”.
En esos días, el jefe de cirugía Efflar, llamó a una reunión
y dijo: “Tenemos serios problemas: No sabemos si esta debe seguir siendo
la Cleveland Clinic o cambiar el nombre por Favaloro Clinic”. Entre
abrazos y felicitaciones, se posicionaba al argentino ente las figuras más
destacadas a nivel mundial de la cirugía cardiotorácica.
Las cartas del adiós
“En el Congreso de Londres de 1970 tomé la
decisión final, entonces mandé mi carta de renuncia, y en ella dije: Voy a
dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía
Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires. Las circunstancias indican que soy
el único con la posibilidad de hacerlo. Si no lo hiciera, viviría el resto de
mi vida pensando que soy un “son of the bitch” dicho en argentino, un verdadero
hijo de puta”.
Deposité la carta en el escritorio de Efflar. Por varios
días no me habló. Y luego me respondió:
“Querido René, su carta no me ha
sorprendido. Yo creo que ha tomado la decisión correcta, y desde aquí lo
apoyaré en todo lo que sea posible. La pérdida será terrible para la Cleveland
Clinic y lamentada para la mayoría de nosotros. Ya que no tengo ilusiones de
tener otro Favaloro, al menos podré en los últimos diez años de mi carrera
estimular a jóvenes a que traten de alcanzarlo. Dr Donald Efflar.”
……
De regreso de Cleveland, Favaloro realizaba sus prácticas en
el Sanatorio Güemes. Su hermano Juan José trabajaba con él, como cuando estaban
en Jacinto Arauz.
“Cuando llegué, junto con mi hermano realizamos una
intensa tarea asistencial, operamos a más de 1600 pacientes sin recursos. A
mediados de los ’70, empezamos a elaborar la idea de la Fundación. Lo primero
que hicimos fue el Departamento de Investigación Básica, en el ’78.”
Favaloro financió y cubrió todo gasto del Departamento con
dinero propio, durante un largo período.
Con la llegada de la democracia, se integra en la Comisión Nacional
de Desaparición de Personas.
“Quiero decirles que los miembros del equipo estamos totalmente
ad honorem, y yo lo he hecho fundamentalmente pensando en todos aquellos miembros
de la sociedad, las madres, las abuelas, etc, que tienen familiares desaparecidos
por ahí y que no se le ha dado solución”.
“Sin libertad, sin respeto por el hombre y sin tener
concepto claro de lo que significa la vida y los derechos del hombre, la sociedad
no puede progresar”.
Todos sus esfuerzos se encaminaron a la concreción de la
Fundación.
Refiriéndose a la crisis económica del momento
(hiperinflación):
“Díganle a la gente que, sin esfuerzo, sin trabajo,
sin romperse el alma todos los días, este país no sale. Pero todos, no sólo los
obreros de allá abajo, los ricos de arriba también, estos que están haciendo
todo este bochinche (por no decir otra palabra). Y como no entiendo esto, a
pesar de todo lo que he leído, no entiendo esto de que sube, de que baja. Tendríamos
que sufrir todos por igual en todo caso. Los señores que tienen aviones
privados, los que tienen casas en Punta del Este, ¿pagaron los impuestos? ¿Pagaron
el valor real de las escrituras?
“Yo no vine acá a hacer demagogia, pero hace seis años
que yo no compro un dólar, porque todos van a la Fundación. Y hoy me pongo de
inmodesto y le digo a la gente, que yo hace seis años que no sé de tasas, a mí
no me hablen de valores, porque yo vivo desesperado por esa Fundación, ¡para
que se termine!
Yo dejé 40 o 50 millones de Estados Unidos, entonces tengo derecho de hablar
hoy acá. Hace años que vivo desgastado, este saco que tengo puesto está comprado
en una liquidación por 35 dólares, y los zapatos que tengo puestos tienen media
zuela, PARA QUE LA GENTE ENTIENDA QUE HAY QUE VIVIR ASÍ, Y NO GASTAR. ENTREMOS
A COMER POLENTA Y ENTENDER, VIVIR EN SUFRIMIENTO, PERO NO SOLO EL DE LOS DE
ABAJO, SINO EL DE LA SOCIEDAD TOTAL. Y EN ESTA CRISIS MORAL, DONDE ESTÁ TODO
PODRIDO POR LA CORRUPCIÓN, ES MUY FÁCIL ECHARLE LA CULPA AL PRESIDENTE DE TURNO,
PERO LA ÚNICA SOLUCIÓN ES LA UNIDAD NACIONAL.”
“UN DOMINGO A LA MAÑANA ME LEVANTÉ Y ESCRIBÍ ESTAS MÁXIMAS PARA EL INSTITUTO, Y LES
ASEGURO QUE SERVIRÁ TAMBIÉN PARA EL PAÍS:
1 HONESTIDAD
2 TRABAJAR CON PASIÓN, ESFUERZO Y
SACRIFICIO SIN LÍMITE.
3 EVITAR SER INFLUENCIADO POR
CONCEPTOS DOGMÁTICOS O PREJUICIOS PROPIOS O AJENOS.
4 LAS PROPIAS CONTRIBUCIONES TENDRÁN
VALOR SI SÓLO SON EL PRODUCTO DE SU LIBRE ALBEDRÍO
5 NO APARTARSE NUNCA DE LA ÉTICA Y COMPRENDER
QUE LA MISMA ESTÁ CONDICIONADA POR LA MORAL
6 COMPRENDER CON HUMILDAD LA
IMPORTANCIA DE TRABAJAR EN EQUIPO
7 SACRIFICAR LO INDIVIDUAL EN
BENEFICIO DE LO COLECTIVO
8 SACRIFICAR TODO EN ARAS DE LA
VERDAD
9 DECIR SIEMPRE EN VOZ ALTA LO QUE SE PIENSA POR DENTRO
10 SOLAMENTE LLEGARÁ A GOZAR DE LO REALIZADO CUANDO SU ALMA SIENTA, EN LOS SILENCIOS NECESARIOS PARA LA REFLEXIÓN, QUE EL ÚNICO PREMIO VERDADERO ES EL QUE PROVIENE DEL PLACER ESPIRITUAL, LIMPIO Y SERENO DEL DEBER CUMPLIDO.
BASTA DE TANTO MATERIALISMO. ESTO QUE ESCRIBÍ PARA LA
FUNDACIÓN CREO QUE ES ALTAMENTE APLICABLE AL PAÍS.”
La crisis
Para el año 2000, el país estaba sumido en una fuerte crisis
económica. La Fundación estaba gravemente
endeudada. Favaloro pidió ayuda en repetidas ocasiones al gobierno, sin recibir
una respuesta oficial.
Las obras sociales no pagaban, algunas lo hacían con
bastante atraso, sobre todo el PAMI, y las prácticas se seguían ejerciendo a
todos por igual. Las propuestas recibidas eran negocios y movidas ilegales, con
las cuales René no estaba dispuesto a negociar.
La Despedida
En 1994, Favaloro enfermó gravemente de Hepatitis B. Y en
esos momentos decía que pensaba en los atardeceres que ya no podría ver, en los
jacarandás ni las calandrias.
“Cuando uno está cercano a la muerte, es imposible poner toda la riqueza dentro
del cajón. Nos llevaremos sólo las pequeñas cosas.”
Carta a Juan José Escribano (Secretario del Diario La
Nación)
“Estoy pasando uno de los momentos más difíciles de mi
vida. La Fundación tiene graves problemas económicos y financieros. Se nos adeuda
18 millones de dólares y se hace cada vez más difícil sostener nuestro trabajo
diario. La mayoría de las veces, un empleado de muy baja categoría de una obra
social ni contesta mis llamadas.
En este último tiempo me he transformado en mendigo. Mi tarea es llamar, llamar
y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir trabajando…”
Carta al Presidente Fernando de la Rúa
“Estimado Fernando: Te escribo porque mi Fundación está
al borde de la quiebra. Tenemos emergencias ineludibles que deben mejorarse en
los próximos días. Necesitamos alrededor de 6 millones de pesos. No tengo
conexiones con el empresariado argentino, por eso, uno de los pedidos que te
hice en nuestra última charla fue que utilizaras tu influencia para conseguir
la ayuda que tanto necesitamos… Te escribo desde la desesperación. Nunca en mi
vida estuve tan deprimido.”
Carta a su familia
“Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el
viento como decía Don Ata. No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil pero
sí meditada. No se hable de debilidad o cobardía.
El cirujano vive con la muerte. Es su compañera inseparable.
Con ella me voy de la mano. Estoy tranquilo.
Alguna vez en Estados Unidos se me presentó como a un hombre bueno que sigue
siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo que es cierto. Espero que me
recuerden así.
No aflojen tienen la obligación de seguir luchando por lo
menos hasta mi misma edad, que no es poco.”
Las cenizas de René Favaloro fueron esparcidas en algún lugar
de Jacinto Arauz, sin velatorio ni ceremonias.
Se hace terriblemente difícil terminar este artículo, que no
tiene finalidad alguna más que dar a conocer a este hombre que llamo un verdadero
prócer, fiel testigo de los designios de su patria, eterno luchador contra la
mentira, la inmoralidad y la el egoísmo. Ejemplo de palabra, alma y espíritu.
A Favaloro se lo comió la corrupción. La misma que sigue y
corroe día a día esta sociedad latente de corazones sanos, que poco a poco se
van pudriendo.
Ojalá que a quien le llegue este conocimiento, no lo deje
pasar, y levante tal como la bandera argentina, el legado de Favaloro, para todos
los aspectos de la vida. Como dice Galeano: mucha gente chiquita, en lugares
chiquitos, haciendo cosas chiquitas, puede cambiar el mundo.





